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Sexo en la tercera edad: diversión y menos catarros

Los especialistas recomiendan a los mayores una alimentación sana, ejercicio y vida social, pero casi nadie recuerda el sexo.

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Parece que la sexualidad no existe en la tercera edad. A nadie se le ocurriría sustituir la idílica foto de unos abuelos jugando a la petanca por la de una pareja de setentones en plan First Dates. Pero hay que cambiar nuestra mente, reivindicar los viajes del Imserso como lugar de encuentro o las páginas web especializadas, como OurTime o Solteros50.

PÁGINA SALUD

La Covid-19 ha puesto entre paréntesis el momento dulce que vivían las personas de la tercera edad, poniendo el foco en su vulnerabilidad. Por eso quizá sea el momento de recordar aquel grito insurgente de los años sesenta y setenta del pasado siglo (la década prodigiosa, la llamaron) que no resulta adecuado reproducir aquí, pero que en esencia recomendaba una única actividad, el sexo, ante el cercano final del mundo.

Porque, no nos engañemos, si no lo hacen los propios interesados, nadie va a reivindicar el sexo en la edad tardía. Ancianos de buen ver prestan su imagen gris-fashion a todo tipo de publicidad (cruceros, compañías de seguros, moda sénior, blanqueadores dentales, etc.) pero nadie va a utilizar a unos sesentones en un anuncio de perfumes, por la sencilla razón de que el sexo gris no vende. Ancianos estupendos pueden posar junto a la pelota de golf en el tee, amagando con un hierro 3, pero la dimensión sexual de la tercera edad permanece silenciada.

Y sin embargo, existir, existe. Desprovisto de la urgencia y las revoltosas hormonas juveniles, que tantos problemas causan, el sexo entre mayores es beneficioso para la salud (¡reduce el riesgo de catarros!) y, puesto que ya no es necesario demostrar nada, puede resultar muy divertido.

Un estado de salud del tipo “más o menos” y un no dejarse deprimir por los achaques y los imponderables, unidos a una cierta independencia económica y al conocimiento respecto a las cosas que nos gustan, son la base de la sexualidad gris. A partir de ahí, y con un poco de buena voluntad (que incluye olvidar gran parte de los tópicos sobre sexo que hemos aprendido a lo largo de la vida), el mundo es nuestro.

Además de que el sexo es divertido, no podemos olvidar que también tiene grandes beneficios para la salud. El primero y menos conocido es que el sexo frecuente aumenta la producción de algunos anticuerpos y ayuda a incrementar los niveles hormonales, lo que se traduce en una clara mejora de la respuesta inmunitaria; en otras palabras, a más sexo menos catarros y otras infecciones. También es sabido que una vida sexual satisfactoria beneficia la salud del corazón; el sexo, como cualquier otro ejercicio aeróbico, produce un aumento en el flujo sanguíneo y una mayor oxigenación, lo que tiene un efecto positivo en la salud cardiovascular.

Algunos estudios recientes, como “Sexual Activity and Cognitive Decline in Older Adults”, publicado por la Universidad de Wollongong (Nueva Gales del Sur, Australia), aseguran que las personas con una vida sexual más activa, y una relación emocional más cercana con su pareja, tienen mayor capacidad para recordar eventos recientes; es decir, poseen una mayor memoria episódica. Otro estudio, realizado en la Universidad de Oxford, relaciona la actividad sexual frecuente, especialmente entre las personas mayores de 50 años, con un mejor funcionamiento cognitivo, además de mayor fluidez verbal y capacidad de procesamiento visoespacial (habilidad para indicar la localización espacial de los objetos en el espacio, incluyendo las partes del propio cuerpo).

Por último, junto a los beneficios respecto a ciertas capacidades sociales (como la alegría, el estado de ánimo y el buen humor), la actividad sexual ayuda a mejorar la relación de pareja, entre otras cosas porque  la oxitocina que se segrega durante el sexo contribuye a fortalecer el vínculo de la pareja. Por continuar en el socorrido territorio de las hormonas, parece que el buen sexo mejora los niveles de melatonina y supone una excelente solución frente al insomnio; también se habla del “efecto embellecedor” que la actividad sexual provoca, gracias a la oxigenación de la piel y la liberalización de muy diversas “sustancias del bienestar”, pero sobre este tema en concreto no parece existir una demostración empírica, y tampoco hay que pedirle peras al olmo. Si el sexo disminuye los catarros y mejora la memoria, además de todo lo demás, ya nos vale.