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Podemos aliviar el dolor, y hay recursos para hacerlo

El dolor crónico es una enfermedad real y su alivio debería constituir uno de los derechos fundamentales del paciente.

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A pesar de los avances experimentados en el tratamiento del dolor, muchos pacientes continúan recibiendo una atención analgésica insuficiente o inadecuada a causa de las numerosas barreras que frenan el control eficaz de este sufrimiento. Barreras que pueden ir desde las motivaciones culturales, religiosas, políticas o económicas, hasta las actitudes de la sociedad.

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El dolor suele ser una señal de alarma de nuestro cuerpo, con la que avisa de que algo no funciona correctamente. Un ejemplo típico podrían ser los diversos síntomas dolorosos que suelen preceder a un infarto. Pero no siempre es así: en ocasiones el sistema de señales falla y el organismo emite un aviso innecesario, un dolor que no responde a ninguna enfermedad o lesión. En 2020, la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor, conocida por sus siglas en inglés IASP, presentó una nueva definición del dolor como “una experiencia sensorial y emocional desagradable, similar a la asociada con un daño tisular real o potencial”; en otras palabras, el dolor es algo real, aunque no exista una lesión objetiva; algo que ya sabían por propia experiencia las personas que padecen fibromialgia o dolores musculoesqueléticos crónicos.

En función de su evolución temporal, el dolor puede ser agudo (desaparece generalmente tras la curación de la lesión que lo origina) o crónico, cuando tiene una duración superior a los tres meses y conlleva alteraciones físicas, emocionales y sociales que afectan a la calidad de vida del paciente. La Organización Mundial de la Salud (OMS) divide el dolor crónico en siete grupos: dolor crónico primario, dolor crónico por cáncer, dolor crónico postquirúrgico o postraumático, dolor crónico neuropático, dolor orofacial y cefalea, dolor visceral crónico y dolor crónico musculoesquelético. Es decir, todos los tipos de dolor crónico tienen una alteración funcional que los motiva menos el crónico primario, que no puede explicarse por otra causa y constituye una enfermedad en sí mismo.

El dolor es uno de los síntomas que más sufrimiento produce en cualquier enfermedad, y constituye un problema de salud en todo el mundo. En España, según un informe de la Sociedad Española de Neurología (SEN), un 32 % de la población adulta (25 a 64 años) padece de algún tipo de dolor y un 11 %, lo padece de manera crónica. Otro estudio, de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia, sitúa en más de seis millones de personas (el 17% de la población) el total de población con dolor crónico, que afecta a las mujeres con mayor frecuencia e intensidad (61% frente al 39% en los varones). No obstante, pese al consenso internacional de que los pacientes con dolor crónico deben ser tratados, la OMS estima que tan solo un 14% en todo el mundo de las personas que padecen dolor moderado o intenso reciben la necesaria asistencia paliativa.

Diversos factores explican esta situación: desde la resistencia a prescribir medicamentos (a causa del temor a posibles efectos secundarios de los mismos) hasta la extendida creencia (incluso entre los mismos pacientes) de que cierto grado de dolor es inevitable, lo que se traduce en dosis de fármacos o pautas prescritas inferiores a las necesarias.

En este sentido, la OMS también ha determinado que el alivio del dolor es un derecho fundamental y ha establecido los criterios indispensables para un buen control del dolor, entre los que figuran la adecuada formación de los profesionales de la salud y la disponibilidad de medicamentos adecuados. En los últimos años se han producido muchos avances en el campo de la medicina y, aunque no siempre la “enfermedad del dolor” puede ser curada, sí existen numerosos tratamientos que pueden ofrecer alivio parcial (e incluso total en algunos casos) a este sufrimiento.

Para lograr que a corto plazo la lucha contra el dolor supere los actuales niveles, es posible que sea necesario un cambio de mentalidad (en pacientes y en personal sanitario) pero también el establecimiento de programas de coordinación en los Centros de Atención Primaria (que tratan la mayor parte de los casos de dolor crónico primario) y la implantación en todos los hospitales de Unidades de Tratamiento del Dolor, que posibiliten el tratamiento multidisciplinar del mismo, lo que debería eliminar la presencia del dolor como algo habitual e inevitable.

 

Artículo confeccionado con información de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Sociedad Española del Dolor (SED).

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