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La siesta: si puede, no se la pierda

Solo el 16,2% de los españoles practica el noble arte de la siesta

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De acuerdo con las investigaciones sobre los hábitos de sueño, además de dormir por la noche entre 7 y 9 horas también se debería incorporar una siesta de entre 30 y 90 minutos antes de las cinco de la tarde.

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La siesta: si puede, no se la pierda

La siesta después de la comida ha pasado de ser, junto con el botijo, uno de los elementos distintivos de la idiosincrasia ibérica (motivo de chistes y críticas de otros europeos más al norte) a una costumbre casi extinguida, que sólo practican cuatro de cada diez españoles. Sin embargo, buena parte de los estudios sobre el sueño coinciden en los beneficios para la salud que proporciona el descanso tras la comida del mediodía. De hecho, el ser humano es el único animal sobre la tierra que tiene un sueño monofásico (duerme una sola vez al día), mientras que todos los demás alternan fases de sueño y vigilia a lo largo de toda la jornada (sueño polifásico). Es posible que el hombre primitivo también fuera durmiente polifásico, característica que tal vez se perdió cuando abandonó el nomadismo, la recolección y la caza.

Dormir es importante para descansar el cuerpo y recuperar fuerzas, pero sin duda es esencial para mantener la salud cerebral y la memoria. Cuando no dormimos lo suficiente, aparece casi de inmediato una merma de las facultades mentales, una mayor irritabilidad y menor control de las emociones e, incluso, una peor percepción de uno mismo. El sueño ayuda a afianzar la memoria y seleccionar los recuerdos que perdurarán en ella; dormir no significa que el cerebro trabaje menos, sino que recupera fuerzas y gestiona sus recursos para volver a la carga en la nueva vigilia.

Casi todo el mundo ha experimentado somnolencia y sopor a primera hora de la tarde, sobre todo después de una comida bien servida. Se trata, sin duda, de una exigencia genética del organismo o, dicho de otra manera, que nuestro cuerpo (y la mente, claro) nos está reclamando echar una cabezada, muy necesaria para la salud.

La siesta proporciona numerosos beneficios físicos y mentales, entre ellos la prevención de las cardiopatías. La falta de sueño incrementa la hormona cortisol, lo que puede aumentar la intolerancia a la glucosa y a la grasa, y disminuir los niveles de somatropina (hormona del crecimiento), lo que puede provocar diabetes y enfermedades cardiovasculares. También reduce la tensión arterial y facilita el aprendizaje. Un estudio de la Universidad de Berkeley (California, EE UU) asegura que quienes duermen la siesta rinden más por las tardes y aumentan en un diez por ciento su capacidad de aprendizaje. Durante el sueño, los recuerdos recientes se transfieren del hipocampo al neocórtex, por lo que la siesta facilita el almacenamiento de la memoria a corto plazo y deja espacio para nuevos datos; así, una siesta incluso breve contribuye a mejorar cualquier tarea posterior que suponga recordar listas de palabras o de objetos.

Numerosos organismos, como la Universidad de Georgetown, la Harvard Medical School e, incluso, la NASA, coinciden en afirmar diversos beneficios de la siesta, entre ellos estimular la actividad de la zona del cerebro (hemisferio derecho) que se asocia con la creatividad; facilitar la resolución de  problemas y mejorar los reflejos. Un estudio de la NASA demostró que aquellos pilotos que dormían una siesta diaria de 26 minutos cometían un 34% menos errores en el trabajo y duplicaban sus niveles de alerta.

Por si fuera poco, la siesta favorece el aprendizaje abstracto y fomenta la actitud positiva. Además, durante el sueño el cerebro se llena de de serotonina, lo que mejora el estado de ánimo y proporciona una sensación de satisfacción y bienestar.

No obstante, y como la felicidad no es duradera, otros expertos señalan que la siesta también puede originar algunos efectos negativos. Por ejemplo, es posible que al despertar de la siesta se perciba una sensación de aturdimiento y desorientación. Igualmente, las siestas largas o frecuentes pueden interferir con el sueño nocturno, sobre todo si ya existen problemas de insomnio o mala calidad del sueño nocturno.

La siesta contribuye a mejorar nuestro estado físico y mental en las horas posteriores, y estos beneficios se multiplican si la convertimos en una rutina diaria. Sin embargo, para disfrutar de todos los beneficios y ninguno de sus inconvenientes conviene atenerse a unas cuantas recomendaciones. Entre ellas las siguientes:

  • Siestas cortas, de 10 a 20 minutos, 30 como máximo. Aunque puede prolongarla, si el cuerpo lo permite y no se resiente el sueño nocturno.
  • Dormir a primera hora de la tarde (entre las 13 y las 17 horas), después de comer. El periodo de mayor somnolencia está en esa franja horaria y, además, los ritmos circadianos sufren una caída precisamente en ese tramo horario.
  • Elegir un lugar tranquilo y oscuro, con una temperatura ambiente cómoda y pocas distracciones. Mejor en un sillón que en la cama; la siesta de “pijama y orinal” sí puede resultar un tanto excesiva.
  • Al despertar, esperar un tiempo prudencial antes de reanudar las actividades, en especial aquellas que requieren una respuesta rápida o aguda.

Artículo confeccionado con información de la Fundación de Educación para la Salud del Hospital Clínico San Carlos y Mayo Clinic.

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