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La piel y las uñas también envejecen

La piel y el cabello, además de la dentadura, reflejan el envejecimiento casi más que cualquier otra parte del cuerpo. Conocer los efectos del paso del tiempo sobre la piel nos permitirá mejorar la atención necesaria para su buena conservación.

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La principal función de la piel es evitar la pérdida de agua del cuerpo e impedir la entrada de microorganismos y sustancias extrañas al organismo. Además de eso mantiene en equilibrio la temperatura corporal y en ella reside el sentido del tacto.

La piel, que representan en total el 7 por ciento del peso corporal, posee una estructura compleja que está compuesta por tres capas: epidermis, la más exterior; dermis e hipodermis, además de los llamados anejos cutáneos (folículos pilosos, glándulas sudoríparas y sebáceas, y uñas). El paso de los años causa en la piel numerosos cambios y un fuerte deterioro, y exige una atención y un cuidado más intensos.

En la parte exterior de la piel del anciano (epidermis) se producen notables transformaciones (sobre todo en los queratinocitos, las células de Langerhans y los melanocitos) que favorecen la piel seca, las infecciones y las alteraciones inmunológicas y de pigmentación (manchas en la piel). Una de las principales consecuencias del envejecimiento y de su incidencia sobre la piel de las personas mayores es la xerodermia (sequedad en la piel), que se incrementa según avanza la edad.

Esta sequedad cutánea y, en definitiva, el aspecto de la piel de las personas mayores,  dependerá del estado general de la misma y, en particular, del estado de hidratación del estrato córneo (capa más externa de la piel) y de su capacidad de barrera frente a la pérdida de agua del organismo. Por ello, el objetivo principal de los cuidados de la piel es mantener la correcta función de barrera epidérmica, evitando así esa pérdida de agua, y sus efectos negativos: piel menos flexible y más seca, fina, frágil, áspera, descamativa y fácilmente irritable (aparición de picor y prurito).

Por otra parte, la distribución irregular de la melanina, además de las típicas manchas de la edad en la piel, disminuye la capacidad protectora natural frente a la radiación ultravioleta, lo que incrementa el riesgo de cáncer de piel de las personas mayores. Los cambios en la dermis (llamada también tejido de sostén) afectan a la resistencia y la elasticidad, con el resultado de una piel más flácida, más seca y con arrugas profundas y marcadas. También se reduce la cantidad de sangre que llega a la dermis, lo que hace que el aspecto de la piel sea más pálido y que las lesiones aparezcan con mayor facilidad.

La hipodermis, formada por células de grasa (adipocitos), se va atrofiando y disminuye progresivamente, por lo que también disminuyen sus funciones de protección, amortiguación y termorregulación, ocasionando que los ancianos  sean más susceptibles a la hipotermia y a las lesiones cutáneas.

Los cuidados para mantener una piel sana en la tercera edad se basan sobre todo en una nutrición adecuada, ejercicio físico, eliminación del tabaco y evitar la exposición al sol. En este último aspecto hay que tener en cuenta que los efectos de los rayos ultravioleta se producen a lo largo de todo el año, incluso en invierno y en días nublados, por lo que una protección adecuada es necesaria en todo momento.

En la higiene es recomendable el uso de un jabón con pH ácido (5,5) o detergentes sintéticos (syndet o “jabón sin jabón”), que atenúan su capacidad irritante. También es fundamental suplir la hidratación cutánea natural (que disminuye con la edad) con una hidratación adecuada a base de preparados tópicos para pieles secas.

Respecto a las uñas, que como se dijo antes forman parte de los anejos cutáneos de la piel, hay que tener en cuenta que con la edad se ralentiza la velocidad de crecimiento (puede llegar a la mitad que en la juventud), pero se producen endurecimientos y deformaciones, y es frecuente la aparición de onicomicosis, una infección por hongos en las uñas (más común en los pies), debida normalmente a la debilitación de la queratina.

Las uñas de las personas mayores requieren unos cuidados periódicos apropiados, que a veces son difíciles de realizar por la propia persona (mayor grosor de la uña, dificultad de acceso, etc.). La base de estos cuidados la forman la higiene, el secado meticuloso después del lavado, y el cortado y limado de las uñas sin dañar la piel.

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