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¿Hay vida más allá del café?

Nadie parece ponerse de acuerdo sobre si el café es bueno o malo para la salud. Lo único cierto es que no es imprescindible.

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Además del placer que pueda producir su sabor, el café aporta al organismo una sensación de energía, al tiempo que alivia la fatiga y la somnolencia. La causa está en la cafeína que contienen sus granos, un alcaloide de sabor amargo que actúa como una droga psicoactiva, estimulando el sistema nervioso central.

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¿Hay vida más allá del café?

El café empezó a conocerse en Europa hacia el siglo XVII, procedente de Turquía y Arabia adonde había llegado desde su origen en la antigua Abisinia (actual Etiopía). Es decir, se trata de un descubrimiento relativamente reciente, que nunca antes había necesitado el ser humano para sobrevivir. En esencia, la cafeína (o la teína, que es la misma cosa) es un alcaloide vegetal que produce determinados efectos en el cerebro humano (especialmente el bloqueo de los receptores de la adenosina) y que puede ser tóxica si se toma en grandes dosis; en otras palabras, se trata de una droga (aunque socialmente aceptable) que puede tener efectos muy diferentes sobre las personas, unos buenos y otros malos. Para algunos consumidores supone una inyección de energía, pero para otros puede ser una razón para no descansar adecuadamente por la noche.

El café es la bebida más consumida en el mundo después del agua. Hay quienes la toman para despejarse y trabajar mejor, y quienes lo hacen para relajarse. Muchos lo hacen por el simple placer de disfrutar de su sabor, un delicado equilibrio de características (acidez, aroma y cuerpo) que se unen para crear la taza perfecta. El consumo de café en España se sitúa en torno a los 3 kilos por persona y año, aunque todavía estamos lejos de los finlandeses (9,6 kg) o los estadounidenses (5 kg). Sin embargo, es posible que con el paso del tiempo el gusto por el café se haya convertido más en una necesidad que en un placer.

La cafeína tiene muchos efectos sobre el metabolismo del cuerpo. Por ejemplo, estimula el sistema nervioso central, lo que produce un impulso de energía y una sensación de estar más despierto; es un diurético (facilita la eliminación de agua y sal extra); aumenta la liberación de ácido en el estómago, lo que a veces puede originar malestar estomacal o acidez; puede interferir en la absorción de calcio y aumenta la presión arterial. Una dosis diaria de hasta 400 mg de cafeína (cuatro tazas de café, según el consejo de la Sociedad Española de Cardiología) no resulta perjudicial para la mayoría de las personas.

No obstante, algunas personas son más sensibles que otras a los efectos de la cafeína; en general, esta sustancia puede ser responsable de problemas de salud como inquietud y temblores, insomnio, dolores de cabeza, presión arterial alta, mareos, ritmo cardíaco rápido o anormal, deshidratación, ansiedad, dependencia (se necesita tomar más cantidad para obtener el mismo efecto). Por ello, el café está desaconsejado en aquellas personas que ya padezcan este tipo de síntomas, especialmente la diabetes o la presión arterial alta. También está contraindicada su ingesta en coincidencia con ciertos medicamentos o suplementos, incluyendo estimulantes, ciertos antibióticos y medicamentos para el asma y para el corazón.

Lo ideal con el café, como con cualquier otra cosa, es consumirlo con moderación, convirtiendo su degustación en un arte y disfrutando de cada taza como si fuera la última. En ese sentido, las ventajas de dejarlo (o al menos reducir su consumo) son numerosas. Entre ellas podemos señalar una menor incidencia negativa sobre el sistema nervioso, una reducción del estrés y la ansiedad, un mejor control de la tensión arterial, una disminución de las taquicardias, una mayor facilidad para conciliar el sueño (aunque es cierto que algunas personas no padecen insomnio con la cafeína), una disminución de la acidez en el organismo y una recuperación del equilibrio intestinal.

Por el contrario, si se consume cafeína de manera regular y se suspende de repente, es posible que aparezcan síntomas de abstinencia, entre ellos dolor de cabeza, somnolencia, irritabilidad, náuseas y dificultad para concentrarse. Son un ejemplo de la dependencia que origina la cafeína en el organismo, aunque suelen desaparecer después de unos pocos días. En conclusión, lo más recomendable es reducir el consumo de forma progresiva hasta alcanzar un nivel adecuado para nuestro estado de salud. Y como es habitual, seguir siempre los consejos de nuestro médico. Por otro lado, siempre nos queda el descafeinado.

Artículo confeccionado con información de la Sociedad Española de Cardiología y MedlinePlus.

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