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Estoy enfermo y ahora, ¿qué hago?

Lo más frecuente es que todo el mundo acabe padeciendo una enfermedad crónica, más o menos difícil de sobrellevar, destinada a acompañarnos el resto de nuestra vida. Información y aceptación son algunas de las actitudes que podemos adoptar cuando la enfermedad llega.

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A cualquier edad, pero especialmente en la vejez, cuando una enfermedad aparece suele ser para quedarse. Por supuesto que siempre están las enfermedades pasajeras, normalmente leves, o aquellas otras que se curan por completo con un tratamiento adecuado o por medio de la cirugía. Pero lo más frecuente es que todo el mundo acabe padeciendo una enfermedad crónica, más o menos difícil de sobrellevar, pero fatalmente destinada a acompañarnos el resto de nuestra vida. Información y aceptación son algunas de las actitudes positivas que podemos adoptar cuando la enfermedad llega.

Cuando la enfermedad, sobre todo si es grave, llama a la puerta, lo primero que se experimenta es una sensación de absoluta catástrofe, seguida de una protesta instintiva, tan comprensible como inútil: ¿por qué yo? A lo largo de la vida seguro que hemos padecido diversas enfermedades, algunas incluso preocupantes; pero la primera vez que nos enfrentamos a una enfermedad de las que cambian nuestra vida, la sorpresa y el desconcierto son totales, y nos resulta casi imposible asumir la acumulación de consecuencias de todo tipo que se nos viene a la cabeza.

Por lógica, cuanto más saludable haya sido nuestra vida hasta entonces, más abrumadora resulta la nueva realidad. La enfermedad ocupa toda nuestra mente y parece que solamente podemos experimentar aflicción y temor: a lo desconocido, al sufrimiento y al dolor, a la incertidumbre del futuro, repentinamente dudoso. También enojo, por la inoportunidad de la enfermedad, por las cosas que previsiblemente ya no vamos a poder hacer, por la molestia de los tratamientos y las medicaciones, por las dietas rigurosas, por todos los cambios que implica convertirse en un enfermo.

Y eso es precisamente lo que se debe evitar a toda costa: convertirse en un enfermo, que la enfermedad ocupe nuestra propia naturaleza y toda nuestra vida. “Ser” enfermo en lugar de “estar” enfermo. Una correcta mirada a la vida conlleva también la aceptación de la salud y la enfermedad como parte de nuestra existencia; es decir: estar enfermo es solamente una parte de la vida, como la profesión o las aficiones; la enfermedad no puede definirnos como seres humanos.

Por todo ello, una vez superado el primer momento traumático, es necesario buscar planes que ayuden a cesar en el ensimismamiento y a romper con el diálogo interior destructivo que surge cuando toda la vida se reduce a la enfermedad. Aceptar y hacerse a la idea de que se padece una enfermedad crónica puede llevar tiempo, quizás horas de terapia con un psicólogo o, bien, el apoyo de algunas personas muy cercanas. En este sentido, también hay evidencias de que las personas que adoptan una actitud razonablemente positiva respecto a la enfermedad suelen recuperarse más rápido o, al menos, gozar de una mejor calidad de vida.

Un aspecto importante para afrontar la enfermedad es profundizar en el conocimiento real de sus características. En otras palabras: es fundamental mejorar nuestra información sobre la enfermedad, su etiología, sus síntomas, sus muy diversos aspectos. Una información seria y profunda, facilitada por profesionales de la salud, que nos permitan conocer en profundidad la enfermedad y las herramientas necesarias para no dejar que ésta nos gane la batalla. El objetivo debe ser el de tener información de primera mano y construir el futuro a partir de la información clínica, eliminando así esa desorientación y ese temor a lo desconocido que en muchas ocasiones vive el enfermo desinformado. Una forma eficaz de luchar contra la ignorancia es pensar las dudas que tenemos, anotarlas en un papel y examinarlas con el especialista en la próxima consulta.

La última fase es la aceptación de la enfermedad; no negar la evidencia ni huir de su realidad. Aceptar la enfermedad es actuar positivamente para vivirla, pero sin que toda nuestra vida gire en torno a ella. Se trata, en definitiva, de luchar tanto contra la enfermedad como contra nuestra manera de ver la enfermedad. Si se logra cambiar la perspectiva, también podremos cambiar o paliar, si no la propia enfermedad, sí al menos el sufrimiento y el deterioro que ésta causa. Aún en los peores momentos hay un lugar para los pequeños placeres de la vida, si les dejamos un mínimo espacio.