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Cataratas: mal de muchos

La catarata es una opacidad de la lente natural del ojo (cristalino), normalmente consecuencia del envejecimiento.

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Se trata de un proceso fisiológico benigno, que evoluciona gradualmente y produce una pérdida progresiva de la visión. Algunas cataratas crecen rápidamente, disminuyendo la visión en los meses siguientes al diagnóstico, mientras que otras apenas varían con el paso del tiempo. En todos los casos el único tratamiento es la cirugía.

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Cataratas: mal de muchos

La opacidad progresiva del cristalino, situado detrás del iris y la pupila, impide el paso de la luz y la percepción que produce es como mirar a través de una ventana empañada, lo que dificulta tareas como leer, conducir un automóvil o distinguir las facciones de las personas que nos rodean. En fases muy avanzadas de desarrollo, la catarata puede reducir la visión hasta que apenas se perciba la luz o los movimientos.

La catarata es la causa más frecuente de pérdida de visión en personas mayores de 40 años y, aunque no existe una forma homogénea de medir su prevalencia en la población, se estima que podría afectar entre un 40% y más del 60% de la población, a partir de los 70/75 años. Las mujeres tienen una prevalencia mayor que los hombres, con un aumento más pronunciado en edades más avanzadas. En concreto, el North London Eye Study (1998) concluyó que el 58,8% de los hombres y el 75,6% de las mujeres en ese rango de edad presentaban catarata en alguno de los dos ojos.

La mayoría de cataratas relacionadas con la edad avanzada se desarrollan gradualmente y no alteran la visión en etapas tempranas, por lo que es posible que no se perciban de inmediato los cambios. A medida que crece, la opacidad se hace más densa y afecta a una parte mayor del cristalino. Generalmente se desarrollan en ambos ojos, pero no de manera uniforme ni al mismo tiempo. Además del envejecimiento y la predisposición genética, las cataratas también pueden ser provocadas por otras afecciones oculares, cirugías anteriores de ojos o afecciones como la diabetes, así como una exposición excesiva y continuada a los rayos solares sin protección en los ojos.

Inicialmente es difícil percibir las señales de una catarata, y solo una revisión oftalmológica puede diagnosticarla. En etapas posteriores pueden ir apareciendo alguno de estos síntomas: visión opaca, borrosa o tenue; mayor dificultad para ver de noche; sensibilidad a la luz y el resplandor; necesidad de luz más brillante para leer y realizar otras actividades; visión de “halos” alrededor de las luces; cambios frecuentes en la graduación de tus lentes correctoras, etc.

El único tratamiento para reparar la pérdida de visión producida por la catarata es la cirugía; es decir, no existen medicamentos o colirios que detengan la progresión del daño o recuperen la trasparencia del cristalino. Sin embargo, como no se trata de una patología urgente e, incluso, en muchos casos su evolución es muy lenta, no precisa cirugía de manera inmediata tras su diagnóstico, excepto en casos extraordinarios. Hace años, la tendencia clínica era esperar a que la catarata estuviera totalmente formada para operar, lo que suponía llegar casi a una situación de ceguera; en la actualidad se tiende a intervenir cuando los síntomas empiezan a ser evidentes y afectan a la calidad de vida del paciente. En cualquier caso, debe ser el oftalmólogo quien se encargue de evaluar y valorar el momento adecuado para llevar a cabo la intervención.

La cirugía de cataratas consiste en extraer del ojo el cristalino dañado y reemplazarlo por una lente artificial transparente, que vuelve a permitir el paso de la luz hasta el fondo del ojo. Normalmente se realiza de manera ambulatoria (sin necesidad de hospitalización posterior), con anestesia local y el proceso suele durar algo menos de media hora. La cicatrización generalmente se produce en un plazo de ocho semanas. Las modernas lentes intraoculares que reemplazan al cristalino están hechas de un material sintético que no provoca rechazo en el ojo y tienen una duración indefinida.

Existen varios tipos de lentes, según las distintas necesidades de cada paciente, que permiten corregir los defectos refractivos anteriores (miopía, presbicia, astigmatismo). Los tipos principales son las lentes monofocales, con un único punto de enfoque, para visión lejana; las bifocales y multifocales, similares a las gafas con lentes bifocales o progresivas, que tienen distintos puntos de enfoque, lo que permite ver a corta, media y larga distancia, y las lentes tóricas, que corrigen al astigmatismo. En muchos casos, la nueva lente intraocular hace posible prescindir de las gafas. Normalmente, la operación básica de cataratas en España solo incluye la lente monofocal, por lo que si el paciente desea otro tipo de lente debe abonarla aparte.

Los problemas de visión (y las cataratas son uno de los más habituales) suelen acompañar al proceso de envejecimiento, pero no son necesariamente inevitables. No por ser mayor hay que tener mala visión y el problema de las cataratas hoy en día tiene solución. Si crees que puedes tener un principio de cataratas, acude a tu médico. El oftalmólogo te podrá ayudar a valorarlo y ofrecer las soluciones adecuadas para cada caso.

Artículo confeccionado con información de la Sociedad Española de Oftalmología (SEO), American Academy of Ophthalmology y Mayo Clinic.

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