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Cáncer: no todo se arregla sonriendo

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Los tres principios universales del pensamiento positivo son: sé optimista, no te rindas nunca y sé positivo. Pero, ¿es realmente positivo tanto optimismo en la lucha contra la enfermedad? Que la actitud positiva cure el cáncer no tiene por ahora ningún aval científico y constituye una filosofía tóxica que puede contribuir a amargar la vida precisamente en un momento en el que se es más vulnerable.

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Cáncer: no todo se arregla sonriendo

Los mensajes enfocados hacia el optimismo y el positivismo, que abundan en los medios de comunicación y nos bombardean cada día en las redes sociales, hacen visibles a los enfermos de cáncer no tanto por la realidad de la enfermedad que viven sino por las actitudes que muestran ante ella. Afortunadamente, esta enfermedad no se vive ya como algo secreto, casi como un estigma, sino que quienes la padecen la afrontan ahora con transparencia y normalidad. Pero el secretismo se ha sustituido por la llamada “tiranía del optimismo”, que de manera muy directa afecta a los enfermos de cáncer.

En demasiadas ocasiones las personas afectadas por cáncer y sus familiares reciben de su entorno ciertos mensajes que, pese a las buenas intenciones que los impulsan, acaban siendo muy difíciles de gestionar emocionalmente. En ellos se ensalza enfrentarse a la enfermedad con talante heroico y una sonrisa alegre, y en muchos subyace (o se plantea de manera explícita) la creencia de que las personas que afrontan la enfermedad “de manera positiva”, acaban superándola, lo que nos lleva a la idea de que, por el contrario, si la enfermedad no evoluciona positivamente es por nuestra culpa, por no ser suficientemente positivos. Sin embargo, el curso de las enfermedades no depende de las actitudes frente a ellas, sino de cuestiones como los estudios que las detectan y los tratamientos adecuados.

Algunas de las grandes frases que circulan por las redes sociales: “cree en ti”, “sé positivo”, “mira siempre el lado positivo de las cosas” (por cierto, ¿qué puede haber de positivo en tener un cáncer?), llegan a personas vulnerables que todavía no han podido asimilar lo que les ocurre. También en el contexto sanitario se exageran a veces los efectos de la mente sobre el cáncer; incluso publicaciones especializadas tienden a sobredimensionar el efecto de la psicología en la tasa de supervivencia a esta enfermedad. Sin embargo, en un estudio publicado en 2016 en la prestigiosa revista The Lancet (Does happiness itself directly affect mortality? The prospective UK Million Women Study, The Lancet, febrero 2016) y realizado sobre una muestra de 719.671 mujeres, se demostraba la inexistencia de una conexión causal directa entre felicidad y mortalidad.

Adoptar una actitud positiva (siempre que no se imponga desde el exterior) es algo bueno y supone una gran ayuda para afrontar la adversidad; igualmente, el optimismo puede beneficiar a la adherencia terapéutica, lo que aumenta las posibilidades de curación. Pero lo cierto es que nadie puede ser optimista las 24 horas del día; lo natural es tener momentos de miedo, de duda, de incertidumbre, tristeza y desesperanza ante algo tan impactante en la vida como un diagnóstico de cáncer. Muchos pacientes llegan a sentirse culpables por no poder mantener una actitud optimista durante todo el tiempo, y temen que esa falta de positivismo sea perjudicial para la evolución de su enfermedad.

La Asociación Española Contra el Cáncer ha creado talleres que enseñan cómo hacer frente a la dictadura del optimismo. Entre sus recomendaciones hay que destacar que no se debe confundir el cansancio con la tristeza, ni la tristeza con la depresión; estar triste y preocupado ante una enfermedad potencialmente amenazante no es estar deprimido, es tener una reacción normal. Tristeza, enfado y miedo son sentimientos perfectamente naturales después de un diagnóstico de cáncer. La tristeza ayuda a priorizar y a tener un buen manejo de las expectativas; el enfado es fundamental para luchar y no conformarse, nos hace pensar en alternativas de afrontamiento; el miedo, por último, protege de riesgos y avisa de posibles complicaciones, lo que nos permite prepararnos para hacerles frente. Ya en la antigua Atenas, los filósofos estoicos señalaban que ponerse en contacto con el fracaso es positivo para ayudar a superarlo.

No hay que rechazar las actitudes positivas, sino buscar un equilibrio entre los pensamientos negativos y las metas irrealizables que nos llegan a través de mensajes dañinos. Ser positivo puede ayudar a sobrellevar la enfermedad, pero siempre que sea un sentimiento que nace del propio enfermo y no un mantra impuesto por fuentes externas (redes sociales, familiares, etc.). Ni optimismo ni pesimismo: la respuesta es el realismo, cumplir sin vacilaciones las indicaciones terapéuticas que pueden llevar a una posible curación o a una mejor calidad de vida.

 Artículo confeccionado con información de la Asociación Española Contra el Cáncer.

 

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