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Pérdida de peso involuntaria en los mayores

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Ojo con perder peso sin saber la causa
La pérdida involuntaria de peso en los adultos se considera clínicamente importante cuando supone un 5% o más respecto al peso habitual, en un período de entre seis meses y un año. Esta circunstancia se da con frecuencia en el colectivo de personas mayores y no se debe minimizar su importancia.

Es frecuente la pérdida de peso de forma involuntaria entre las personas de avanzada edad, como lo es también que se le reste importancia achacándolo de forma simplista a los ya tradicionales “quebrantos de la edad” que, erróneamente, acaban explicando cualquier cosa que le pase al mayor y no tenga una causa inmediata. No debemos restarle importancia a esta circunstancia, que la medicina asocia en muchos casos con un incremento de la morbimortalidad.

Existen tres causas principales que pueden explicar este problema: orgánica, psiquiátrica e idiopática (o sea, de causa desconocida). En las personas mayores la causa más frecuente es la depresión. Cuando la pérdida de peso es involuntaria, suele ser la familia la que lo aprecia y descubre. Esta pérdida no es inusual y representa entre el 1,3-3% de los pacientes hospitalizados en Medicina Interna, el 13% de las personas mayores en consulta ambulatoria y más del 50% de los mayores en residencias.

Los médicos lo consideran importante cuando supone una pérdida de más del 5% con respecto al peso habitual en un período de 6 meses. Se han encontrado diversas variables asociadas a un mayor riesgo de que aparezca,  entre otras: edad, discapacidad, tabaquismo, deterioro cognitivo, nivel educativo bajo y bajo índice de masa corporal. Pero también las clásicas alteraciones fisiológicas del envejecimiento, como la pérdida de piezas dentarias, problemas de deglución y digestión, incluso alteración del gusto; en ocasiones también aparece asociada a algunos tratamientos, que pueden ser causa de una insuficiente alimentación.

A veces ese no comer, que frecuentemente se justifica con una mera falta de apetito (“porque no tiene ganas”) es lo que los expertos llaman “anorexia senil”. En la actualidad hay más de un millón de mayores que viven solos y que tienen que enfrentarse a barreras arquitectónicas para hacer la compra y a cambios sociales, como la sustitución de mercados y ultramarinos por supermercados. Eso no sólo quita las ganas de comer, sino que, además, hace que terminen consumiendo monoalimentos: solo fruta, solo yogur, solo caldo. Un último factor  a tener en cuenta es la impactación fecal; el 50 por ciento de los mayores sufre estreñimiento, lo que hace que se tenga aún menos ganas de comer.

Una de las causas posibles que más preocupación genera es el cáncer. En este sentido, se deben diferenciar rápidamente las patologías malignas. Hay que tener presentes también los antecedentes médicos y la medicación de uso crónico, los hábitos sobre consumo de tabaco, alcohol u otras drogas, las conductas sexuales de riesgo, los viajes a países subdesarrollados y los aspectos psicosociales.

No debemos olvidar tampoco que hay personas con una alimentación muy deficiente debida a problemas de orden económico.

El tratamiento de este problema dependerá en todo caso de la causa que lo haya provocado que, como hemos visto, puede ser de orden físico, psicológico, social e incluso económico. Hay distintas alternativas las cuales deberán ser prescritas por un profesional sanitario.

Cuando el mayor deja de comer, el peligro principal es la desnutrición, que se asocia a pérdida de masa muscular y, por tanto, mayor riesgo de caídas, menor capacidad inmunológica y mayor aumento de la fragilidad. Estemos atentos y no minimicemos el problema.

Artículo confeccionado con información de la SEMFYC Sociedad española de medicina de familia y comunitaria y SEGG Sociedad española de geriatría y gerontología.