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Comer poco para vivir más

Se ha probado en ratones y primates; la dieta hipocalórica incrementa la esperanza de vida en pequeños mamíferos, pero todavía no hay confirmación científica en pruebas con humanos. El coste parece ser una peor calidad de vida, sobre todo en las etapas finales de la misma.

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Desde hace casi un siglo se viene trabajando en teorías que relacionan el envejecimiento con la ingesta de calorías. Se parte de la base de que menos calorías permiten un metabolismo ralentizado y un menor daño por oxidación, lo que redunda en un envejecimiento más lento. En otras palabras, una menor ingesta ajusta los niveles del metabolismo, lo reduce y permite obtener energía de forma más eficiente; de forma paralela, el daño por oxidación en las células se retarda, lo que podría prevenir las enfermedades propias del proceso degenerativo, como  la aterosclerosis, cáncer, diabetes y artritis reumatoide.

La dieta basada en la restricción calórica se empezó a investigar en los años 30 del pasado siglo; en algunos ensayos con ratones se logró prolongar la vida hasta un 50% más. Posteriormente se demostró que los macacos sometidos a la dieta reducida (con una reducción de calorías del 30%) ganaron unos tres años de vida (alrededor del 10%, equivalente a nueve años humanos) respecto a los animales a los que se dejaba comer cuanto querían.  Los simios con la dieta limitada mostraban además una salud mucho mejor.

El problema de esta investigación es que difícilmente podrá llevarse a cabo con humanos, ya que encontrar voluntarios que quieran someterse durante decenas de años a una dieta de hambre constante y un poco de frío corporal, hasta llegar a viejos, parece una tarea muy difícil. Un objetivo más realista sería comprender los mecanismos moleculares que hay detrás de la restricción calórica y desarrollar moléculas que los imiten.

La dieta para aumentar la longevidad debería contener entre un 30 y un 50% menos de calorías que una dieta normal; lo que supone 1.500 calorías diarias en lugar de las 2.100/2.400 que constituyen la dieta normal de un adulto. Hay que tener en cuenta que el objetivo de esa dieta no es el adelgazamiento, por lo que deben consumirse todo tipo de alimentos (incluidos hidratos y grasas), con las necesarias vitaminas y minerales. En realidad, no es tanto una dieta como una forma de vida; para aumentar la longevidad hay que acostumbrarse a comer poco todos los días, lo que implica pasar algo de hambre durante toda la vida. Los convencidos afirman que cuanto más flaco (pero con todos los nutrientes), mayor longevidad y mejor salud y claridad mental. Las personas verdaderamente mayores suelen ser flacas y no son frecuentes los obesos centenarios.

En este sentido son representativos los nativos de la isla japonesa de Okinawa, célebre por la longevidad de sus habitantes, que apenas consumen el 70% de las calorías de un japonés promedio y presentan muchas menos enfermedades, menos diabetes y menos tumores que la media del país asiático. Sin embargo, no se ha podido determinar que exista una relación entre ambas características.

Lo que sí parece claro es que la dieta reducida, y la consiguiente ralentización metabólica, implican una menor intensidad vital. Al igual que sucede con un motor de explosión, cuanto menor es el consumo de combustible más se reducen la energía y las prestaciones. Un régimen más bajo implica que el motor durará más, pero que trabajará con menos “alegría”. En definitiva, se puede vivir más, pero también a un ritmo menos intenso, lo que revierte en un cierto coste: tiempo a cambio de calidad.

Una posible alternativa sería seguir una dieta hipocalórica solo unos pocos días al mes, lo que ya se está estudiando en algunos centros universitarios. El gerontólogo Valter Longo, autor del bestseller La dieta de la longevidad: Comer bien para vivir sano hasta los 110 años, que rechaza por “falsa y perjudicial” la teoría de las 5 comidas diarias, afirma que podrían obtenerse los mismos resultados con una dieta basada en verduras y la práctica de ayunos periódicos.

Lo importante de todas estas investigaciones es que trabajan sobre la posibilidad de intervenir en el envejecimiento humano y favorecen la aspiración de vivir un poco más y, sobre todo, un poco mejor. Tal vez hoy no seremos más longevos si comemos menos, pero al menos estamos en el camino para encontrar las claves que nos permitan intervenir y retrasar las enfermedades asociadas al paso del tiempo. Una dieta saludable quizá no garantice mayor longevidad, pero sí disfrutar de una vida de mayor calidad.

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