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Vivir envejece (también en los animales salvajes)

Hasta hace poco se pensaba que los animales salvajes morían siempre antes de empezar a envejecer.

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Según lo define el estadounidense Instituto Nacional del Cáncer (NCI), la senescencia o proceso de envejecimiento “abarca el envejecimiento de las células hasta que dejan de dividirse, pero no mueren”. Con el tiempo, estas células envejecidas producen sustancias perjudiciales que causan inflamación y lesiones en las células vecinas, lo que acaba originando diferentes enfermedades, especialmente el cáncer. Pero se creía que esto no sucedía entre los animales salvajes.

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Vivir envejece (también los animales salvajes) 

En el medio natural, la supervivencia está sujeta a agresivos factores externos (disponibilidad de alimento, depredadores, condiciones atmosféricas, etc.), por lo que son muy pocos los animales salvajes que alcanzan la vejez. Podría decirse (y eso se pensaba hasta hace una década) que el organismo de los animales ignora el envejecimiento y solo tiene la prioridad de vivir (comer y reproducirse), por lo que apenas dedica energía a la conservación y reparación de las células. Un ejemplo paradigmático de esta teoría sería el de los salmones que, tras el brutal esfuerzo de abandonar el mar y remontar los ríos para desovar, mueren sin haber experimentado la senescencia.

Evidentemente, no tiene sentido que un organismo invierta una gran cantidad de energía en mantener el cuerpo en buenas condiciones, si su vida está llena de peligros o su propio código genético le impele a una muerte precoz. Al contrario, los seres humanos dedican buena parte de su energía a la reparación de sus células, incrementando así su esperanza de vida. La longevidad (y, por tanto, la senescencia) dependería no solo de la genética sino de la cantidad de energía disponible y de la forma de distribuirla, en función de las condiciones externas.

A pesar de todo esto, lo cierto es que unas especies viven más que otras: un elefante puede llegar a vivir 56 años (menos de 17 si vive en cautividad); por el contrario, el tigre vive entre 10 y 15 años (26, casi el doble, en cautiverio); la tortuga gigante puede alcanzar 200 años, mientras que los gusanos o los mosquitos raramente sobrepasan las dos semanas y los insectos efemerópteros (vulgarmente conocidos como efímeras) difícilmente alcanzan 24 horas.

Diversas investigaciones en el campo de la genética del envejecimiento y una mejor comprensión de las leyes de la evolución de las especies llevaron, a principios del siglo XXI, a un cambio respecto a la presencia de la senescencia en la naturaleza. En 2011 culminó un estudio sobre cómo el envejecimiento afecta a la capacidad de vivir y de reproducirse de los animales salvajes. Dirigido por el profesor de la Universidad de Vigo, Alberto Velando, y publicado en el Journal of Evolutionary Biology, el estudio analizaba la evolución a lo largo de más de 30 años de una población de piqueros de patas azules, unas aves longevas que viven en las costas del Pacífico, para determinar su patrón de envejecimiento.

Los resultados del estudio demostraron que el ADN que da continuidad a las generaciones posteriores puede verse dañado con la edad. El ADN de las aves de mayor edad presentaba daños, lo que podría ocasionar que su descendencia fuera más proclive a enfermedades o mutaciones, exactamente igual que en los seres humanos. En el caso de estas aves era precisamente el color de sus extremidades lo que marcaba la diferencia; mientras que los machos de edad media presentaban patas más coloridas y un ADN menos deteriorado, los de mayor edad tenían colores más apagados y presentaban daños en el ADN. Las hembras, con la sabiduría que las caracteriza, elegían para reproducirse a los machos con patas de color más intenso.

La ciencia está logrando que cada vez sea mayor la esperanza de vida en los seres humanos, pero no se han registrado avances significativos en lo que respecta a la longevidad. Estos estudios sobre la senescencia en los animales salvajes son de gran importancia en orden a entender los procesos de envejecimiento en los seres vivos. En este sentido, la hidra podría ser todavía la gran excepción a los efectos degenerativos de la senescencia. Este pequeño animal, que vive en aguas dulces templadas, parece ser inmune a los efectos del envejecimiento y, en condiciones óptimas, puede alcanzar los 1.400 años de vida, casi la inmortalidad biológica. No tiene órganos ni cerebro, se reproduce asexualmente y la clave de su longevidad radica en su infinita capacidad de reemplazar células viejas por nuevas; no hace otra cosa. Al contrario que los grandes felinos, de vida intensa pero corta, la hidra disfruta de vida larga, pero aburrida. No parece un buen ejemplo.

 Artículo confeccionado con información del trabajo “Gusanos, tortugas gigantes e hidra inmortal” (Xabier Artaechevarría, Fundación Elhuyar).

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