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La tercera edad se queda pequeña

El concepto no vale igual para los setenta que para los ochenta años.

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La esperanza de vida ha crecido y en todo el mundo hay más personas de 80, 90 ó, incluso, 100 años. La tercera edad ya no sirve para definir a todos los mayores de 65 años y está surgiendo una nueva etapa de la vida: la cuarta edad.

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La tercera edad se queda pequeña

Hasta hace relativamente poco, la tercera edad de la vida, aquella que abarca más o menos desde los 65 años hasta la muerte, constituía un grupo poblacional más reducido que los otros dos, especialmente la juventud/madurez. La infancia no duraba demasiado y la esperanza de vida (46 años en 1950) convertía la vejez en una excepción: muy pocas personas lograban llegar con vida a la edad de jubilación.

Todavía la primera mitad del siglo XX fue un tiempo de adultos, sobre todo si se tiene en cuenta que la entrada al mercado de trabajo se producía a muy temprana edad (en 1976 el 45% de los jóvenes españoles de 16 años estaba empleado). Los ancianos, en número relativamente escaso, permanecían con sus familiares y no tenían apenas visibilidad social.

Este grupo de población, que en la segunda mitad del siglo pasado fue definido como tercera edad, ha estado creciendo durante los últimos cincuenta años en la pirámide de población a un ritmo muy rápido, en la misma medida en que mejoraban las condiciones sociosanitarias (y, por consiguiente, la esperanza de vida) en muchos países. En la actualidad, una de cada once personas en todo el mundo tiene 65 años o más (9% de la población), pero las estimaciones para 2050 elevan este porcentaje hasta el 16% (1 de cada 6 personas). España se sitúa bastante por encima de la media mundial, con 8,7 millones de personas mayores de 65 años (18,8% sobre la población total en 2017, según datos del INE).

Sin embargo, dentro del bloque tradicional de la tercera edad, cada vez es más numeroso el segmento de 80 y más años, que en 2005 constaba en España de 1,9 millones de personas. Ese bloque es precisamente el que los expertos han empezado a denominar Cuarta Edad, atribuyéndole una serie de características que lo diferencian del segmento de 65 a 80 años (bautizado ahora por algunos como pre-vejez). Por otra parte, cada vez es más frecuente que personas con edades por encima de los 65, los 70 o, incluso, los 75 años se encuentren en plenitud de facultades físicas y mentales, o al menos en una forma aceptable, lo que los separa todavía más de esta nueva Cuarta Edad.

La expresión Cuarta Edad hace referencia a la fase de la vida que se inicia hacia los 80 años y en la que frecuentemente comienzan a aparecer y acumularse patologías degenerativas y crónicas. En ese umbral de paso a la “vejez real” se manifiestan casi simultáneamente, o en un breve lapso, varias patologías, que producen en la persona un grave cambio físico, psíquico y emocional. Este envejecimiento avanzado es lineal (se va fraguando a lo largo de toda la vida y cristaliza de forma súbita), inevitable, variable (no sigue ningún patrón establecido) y desigual (el deterioro orgánico es diferente).

No obstante, existen una serie de rasgos comunes entre las personas incluidas en este grupo, como son el deterioro de las funciones físicas por el desgaste provocado por la edad; menor adaptabilidad al cambio; mas posibilidad de padecer enfermedades graves, por una mayor vulnerabilidad; reducción de la autonomía personal; tendencia al aislamiento social; vivir solo y con frecuencia institucionalizado. Otras características de este grupo son la pluripatología (con tendencia a la cronicidad), pérdida de la capacidad funcional, deterioro cognitivo, problemas afectivos (depresión), ingresos hospitalarios repetidos, polimedicación (5 ó más fármacos) y síndromes geriátricos.

Mientras que la antigua tercera edad (o pre-vejez) cada vez se percibe más tardíamente, hasta el punto de que existen diversas teorías sociales y económicas respecto a la necesidad de mantener la actividad laboral durante más tiempo o crear un sistema de jubilación flexible (compartir pensión con trabajo a tiempo parcial), el gran desafío del futuro próximo no es ya solo alargar la vida, sino conseguir mantener la independencia personal de los mayores durante el mayor tiempo posible. Aunque muchas personas de 80 o más años se encuentran en muy buen estado, lo cierto es que, en España, casi la mitad de los integrantes de este grupo poblacional padece algún grado de discapacidad.

El mayor reto que nuestra sociedad debe afrontar de cara a un futuro que ya se percibe es la forma como debemos encarar el envejecimiento de la población y el mayor peso (social, sanitario y económico) de los mayores. El desafío será lograr que esta cuarta etapa de la vida no implique inevitablemente un drástico empeoramiento de las condiciones de vida (económicas y sociosanitarias) de los mayores.

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