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Esperando al primer nieto

La experiencia de tener nietos no se parece en nada a la de ser padres, pero el primer nieto también provoca nervios.

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Frente a la absoluta novedad vital que representa tener un hijo, la “abuelidad” primeriza nos suele coger mejor preparados. Ya sabemos lo que es un niño pequeño y cómo hay que manejarlo, lejos de aquella sensación inicial de estar ante un pequeño artefacto explosivo. Pero la edad ahora es distinta, y la emoción puede superarnos.

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Esperando al primer nieto

Cuando eres una persona mayor, que dejó atrás la paternidad/maternidad hace muchos años, y de repente sientes el irrefrenable deseo de sacar del cochecito y besar y acariciar (lo que se llama “achuchar”) a los recién nacidos o de ponerte a jugar a la pelota con todos los niños pequeños que ves por la calle, quizá es que tu reloj biológico te está marcando la hora de ser abuelo/a.

No existen estudios sobre la existencia de un reloj biológico para ser abuelos, pero lo cierto es que a determinadas edades, superadas ya las etapas de infancia y (felizmente) adolescencia de nuestros hijos, se empieza a echar en falta el encanto que un niño pequeño pone en la vida. Los recuerdos de la infancia de nuestros hijos, ahora adultos, embellecidos por la memoria selectiva que realza los buenos momentos y desdibuja los malos, empiezan a perfilar el creciente anhelo de repetir (y tal vez mejorar) la experiencia de participar en el desarrollo de una vida nueva.

Si tu reloj biológico ha coincidido en el tiempo con el de tus hijos, estás de enhorabuena: serás abuelo/a, aunque la iniciativa no sea tuya. Porque a partir de ahora y desde la decisión inicial de engendrar una nueva vida, entre el recién nacido y nosotros siempre van a estar los padres de la criatura, lo que marca la gran diferencia entre ser padre/madre y ser abuelo/a: tener menos responsabilidades (en la crianza y la educación del niño) y menos derechos (en la toma de decisiones), pero más posibilidades para disfrutar de sus primeros años.

Un nieto, sobre todo si es el primero, supone realmente una segunda oportunidad para hacer las cosas de una forma diferente, para enmendar los errores que cometimos con nuestros hijos, empezando por el más común de todos: tener expectativas excesivas y pretender que los niños sean más lo que deseamos que lo que realmente son. A un hijo siempre pretendemos formarlo a nuestra imagen, a un nieto lo aceptamos tal y como sea. Los hijos responden a una acción o una decisión nuestra, pero los nietos son voluntad de otros y por ello debemos de tener muy claro desde el principio qué clase de abuelo/a queremos ser y qué relación vamos a mantener con ellos. Nuestra experiencia como padres no lo abarca todo y debemos asumir que con la “abuelidad” se abre una nueva etapa en nuestra vida, que nos presenta no pocas novedades y desafíos. De la misma forma que sucede con otros cambios que van surgiendo en la vida, debemos ir mentalizándonos y aceptar que necesitaremos un periodo de adaptación y aceptación para desempeñar adecuadamente este nuevo rol de abuelos.

El vínculo que se establece entre los abuelos y el nieto depende de muchas circunstancias, entre ellas la relación con los padres/hijos, pero generalmente y en un entorno normal suele ser satisfactorio para todas las partes. Esto no significa que no se produzcan conflictos, normalmente por una falta de entendimiento con los padres que, también al ser primerizos, viven su paternidad a veces de forma un poco más complicada. A pesar de ello, es muy recomendable rehuir la tentación de asumir el papel de padres experimentados frente a los nuevos padres inexpertos. Esa actitud solo redundará en perjuicio de la relación abuelos-nietos.

Lo mejor es mantener una actitud de colaboración con nuestros hijos, con la intención de ayudar en la medida de nuestras posibilidades pero siempre hasta el límite que ellos decidan marcar. En esta nueva aventura vital de la “abuelidad” se debe buscar la forma de ser necesario, pero sin forzar las situaciones y permitiendo que tus hijos aprendan también a ser los mejores padres, con tu apoyo y participación pero sin tus interferencias. Y, por supuesto, dejar siempre al niño al margen de cualquier conflicto o diferencia de criterios. Un niño pequeño sabe muy bien qué le ofrecen sus padres y qué puede obtener de sus abuelos, y tiene amor suficiente para unos y para otros. Nunca  hay que ponerlo en la tesitura de tener que elegir.

Los nietos son una experiencia única y una nueva posibilidad de revivir las alegrías que nos proporcionaron los hijos, pero con más sosiego y menos agobio. Sin embargo, siempre debemos tener presente que la vida y el futuro no pueden apoyarse solamente en nuestra relación con los nietos que, como pasó con sus padres, acabarán creciendo y viviendo su propia vida. Por ello, debemos evitar que ese lazo de ternura que nos vincula a ellos, antes incluso de su nacimiento, se acabe convirtiendo en una dependencia afectiva y quizá enfermiza. Ese nieto que está por venir será sin la menor duda una fuente de alegrías, pero no debemos consagrarle nuestra vida entera y renunciar a nuestras aficiones, nuestros amigos, nuestras costumbres y nuestros pequeños y personales placeres. Todo es compatible, si se apuesta por una organización racional del tiempo. Así, unos y otros saldremos ganando.

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