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Escribir las memorias: volver a vivir la vida

No hay que ser escritor, artista o político para escribir unas memorias. ¿Hay algo más interesante que la propia vida?

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Con el paso de los años, muchas cosas de nuestra vida se van recordando con dificultad. Personas (a veces muy queridas, de infausto recuerdo otras), lugares, nombres, sucesos… Todo está ahí, en la cabeza, pero cada vez más difuso y lejano. Un juego, siempre entretenido, y que puede ser apasionante, es recordar y escribir unas memorias. Vivir otra vez la vida.

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Escribir las memorias: volver a vivir la vida

Escribir nuestra propia historia, a poco que se le dedique algo de tiempo y un mínimo esfuerzo, puede ser una actividad realmente gratificante, y muy útil para mantener la memoria activa y la mente en forma. Puede que en principio nos preguntemos si realmente nuestra vida y nuestros recuerdos le interesan a alguien. No hay que preocuparse, además de la curiosidad que nuestras vivencias puedan tener para familiares y amigos, lo cierto es que la mayoría de las veces se escribe para uno mismo.

El objetivo de escribir una autobiografía o unas memorias no es tanto el resultado final como el proceso de llevarlo a cabo. Al contrario de lo que suele verse en las películas, al iniciar un trabajo de escritura no es conveniente colocarse delante del teclado o los folios, poner el título y empezar a redactar. Aunque no queramos hacer literatura, sino sencillamente contar nuestra biografía, las memorias son un género literario y todo trabajo literario requiere una planificación previa: qué queremos contar y cómo queremos contarlo.

Normalmente deberíamos usar una estructura cronológica, pero no es necesario dividir el trabajo en años e ir contando año por año o década a década. Lo más recomendable es buscar grandes apartados, que recojan períodos de tiempo significativos, aunque comprendan épocas diferentes: infancia, los años en el pueblo o en el barrio, el colegio, los viajes, la familia, el primer trabajo, etc. Cada apartado podrá dividirse en otros momentos reveladores o que tengan importancia para nosotros: los amores, el matrimonio, el servicio militar, los abuelos, un accidente…

El primer paso es el trabajo de investigación. En principio se puede usar una libreta en la que se irán apuntando los recuerdos y los hitos de la vida, las cosas que han sido importantes. Se anotan también las ideas que se vayan ocurriendo, los pensamientos… Lo normal es que una cosa lleve a otra y vayan surgiendo recuerdos que teníamos olvidados, lo que pensamos o sentimos en un determinado momento.

En esta parte del trabajo es muy importante el uso de viejas fotografías, de cartas olvidadas (aquellas cartas que se escribían antes de los mensajes y las redes sociales) que nos ayuden a revivir antiguos sucesos y viejas emociones; también es recomendable hablar con familiares o viejos amigos y sonsacarles sobre cómo fueron aquellas cosas que hemos olvidado, que nunca supimos o que realmente pasaron de forma distinta a como siempre hemos creído.

Otro recurso muy útil es vincular algunas partes de nuestra pequeña historia a los grandes momentos históricos que hayamos vivido o que en su momento nos afectaron de alguna manera: qué hacías, con quién estabas o qué pensabas o sentías cuando pasó tal o cual cosa, qué música te gustaba, a qué conciertos fuiste o qué película te impresionó más.

Al final, después de este proceso, deberemos enfrentarnos a ese montón de páginas desordenadas y empezar a darles forma, asociarlas entre sí y seleccionar las piezas que realmente merece la pena contar; aproveche también para intentar explicar y comprender las razones, a veces complejas, por las que hizo tal cosa en lugar de aquella otra, usando para ello la claridad de visión que a veces proporciona el paso del tiempo. Luego habrá que empezar a escribir.

No es preciso asistir a un taller de escritura, de esos que ahora están tan de moda, para sacar adelante unas memorias, o un libro de recuerdos. Escribamos con sencillez, como si se lo estuviéramos contando a alguien; no nos compliquemos la vida con largas oraciones e incisos inacabables. Busquemos las palabras justas, procurando no repetirnos y no pretender “escribir bonito”: la sencillez es la base de la belleza en el lenguaje. Una vez terminado el libro de memorias (y lo normal es que haya pasado mucho tiempo desde que se puso en marcha) podemos, incluso, plantearnos editarlo; hoy día la autoedición está al alcance de cualquiera. Pero antes dejémoselo leer a nuestros allegados y, si no acaba de tener éxito, no hay que deprimirse: la gente cada vez lee menos, pero sigamos escribiendo.

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