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Es bueno asumir que necesitamos ayuda

Conservar la independencia al envejecer puede traer consigo la peligrosa soledad

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El aislamiento social y la soledad pueden ser causas de enfermedad y mortalidad para los mayores. Cada vez es más frecuente encontrar en la prensa noticias de ancianos que mueren solos en su vivienda, sin que lo perciban sus vecinos.

MENTE ACTIVA

Es bueno asumir que necesitamos ayuda

Recientemente se expuso en el paseo del Arenal de Bilbao una escultura hiperrealista del artista mexicano Rubén Orozco. Cualquier persona que pasara por allí, cerca de uno de los bancos del paseo, creería estar delante de una anciana señora, de cabello blanco y cuerpo abatido por la edad, con la mirada perdida en el vacío y expresión de profunda tristeza. Uno más de los cientos de miles de ancianos que viven bajo el peso de la soledad indeseada.

Pero no es real, no está viva. Se trata de la obra La última persona fallecida en soledad, realizada por iniciativa de BBK (Bilbao Bizkaia Kutxa) en el marco de la campaña Invisible Soledad, con la que se pretende dar la voz de alarma sobre esta realidad social y llamar la atención sobre el drama de muchos mayores. La pieza artística representa a una mujer real de 89 años, llamada Mercedes, que vive en soledad y se ha convertido en la imagen desolada de muchas personas mayores que viven silenciadas por el olvido y tienen dificultades para salir a la calle y relacionarse con otras personas.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en España hay cerca de cinco millones de personas que viven solas; de ellas, un 43,1% tienen 65 o más años, y el 71,9% son mujeres. El aislamiento no deseado tiene efectos negativos sobre el estado de ánimo, pero también en la salud; entre los principales riesgos se encuentra el aumento del porcentaje de muerte prematura, que se incrementa en el caso de personas que viven en soledad sin haberlo deseado. No obstante, también es frecuente el caso en el que las personas mayores se niegan a renunciar a su independencia y rehúsan la ayuda de un cuidador o una residencia. Vivir solo constituye un estado de independencia e individualización muy acorde con los tiempos en que vivimos; incluso en los supermercados se encuentran alimentos preparados y envasados para una sola persona. Sin embargo, hay una delgada línea entre la individualización y la soledad, que no siempre se cruza de manera voluntaria.

A esta situación contribuye el hecho de que con mucha frecuencia se llega a la tercera edad en un excelente estado de salud, lo que permite manejarse bien en el hogar y realizar muchas actividades fuera de casa. No obstante, siempre está presente el riesgo de una enfermedad repentina o, con mayor frecuencia, de una caída accidental, lo que puede convertir la soledad en una peligrosa trampa.

El miedo a dejar de ser autosuficientes o a depender de personas desconocidas para determinadas funciones es uno de los principales escollos que dificultan la aceptación de un cuidador o una residencia para muchos ancianos. Otro factor no menos importante es el económico, ya que las plazas disponibles en centros gratuitos de la seguridad social (tanto residencias geriátricas como centros de día) son insuficientes para la creciente demanda de estos servicios. Por otra parte, está muy extendida (de forma injustificada la mayor parte de las veces) una cierta mala imagen de estos centros asistenciales para mayores, que no se corresponde con la realidad de un sector que está cobrando mucha importancia a causa del incesante aumento de la población que precisa de sus servicios.

Es importante la existencia de programas como este Invisible soledad de BBK, que hagan pública esta realidad y contribuyan a que las personas mayores, y por supuesto sus familiares o los organismos asistenciales de los que dependan, tomen conciencia de que llegados a cierta edad todos necesitamos a los demás.

 

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