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El irresistible encanto del Seat 600

Hace 47 años, en agosto de 1973, se fabricó el último Seat 600

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La producción empezó en 1957 y duró dieciséis años; en total se fabricaron 783.745 unidades, de las que todavía quedan muchas (posiblemente más de 10.000), en mejor o peor estado, en todos los rincones del país. Ningún otro coche ha suscitado en España tantas emociones como el popular 600.

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El irresistible encanto del Seat 600

Costaba unas 65.000 pesetas de la época (390 euros), que equivalían al salario medio de todo un año en España. Pero desató una auténtica fiebre entre los españoles, porque abrió una puerta de libertad de movimientos en un país excesivamente volcado en sí mismo, que apenas empezaba a salir de la traumática autarquía económica. Su nombre y su inconfundible imagen están profundamente arraigados en la historia diaria de muchas familias españolas, ya que durante las décadas de 1950 a 1970 fue el medio de transporte de la incipiente clase media. Se fabricaron algo menos de 800.000 unidades, pero parecían muchas más gracias al mercado de segunda mano; algunos coches llegaron a pasar por más de diez propietarios distintos y, según las estadísticas, a principios de los años 1970 uno de cada cuatro automóviles que circulaban por las carreteras españolas era un Seat 600.

Ningún otro modelo ha quedado tan grabado en el subconsciente colectivo, ni como recuerdo sentimental ni como memoria de su presencia en las calles y carreteras españolas; se escribieron canciones y se rodaron películas sobre él. A día de hoy un Seat 600 en buen estado es una pieza muy codiciada en el mercado de los coches clásicos y de coleccionista, con precios que oscilan entre los 3.000 y 4.000 euros. Sin embargo, sería injusto atribuir en exclusiva a este modelo el inicio de la motorización en España. No hay que olvidar que tanto el Renault Dauphine (heredero del histórico R 4 CV) como el Citroën 2 CV también contribuyeron en buena medida a que los españoles de aquellos años salieran del pueblo y se lanzaran a las carreteras.

Inicialmente, el Seat 600 montaba un motor de 633 centímetros cúbicos de cilindrada (de ahí el nombre de 600) y 18 ó 20 CV de potencia, que le permitían alcanzar una velocidad máxima de 95 km/h. Posteriormente (hacia 1963) se incrementó la potencia hasta los 28 CV, gracias a un nuevo motor de 767 cc, que hacía posible alcanzar los 115 km/h. Uno de los grandes méritos del 600 fue su carrocería, diseño del italiano Dante Giacosa, que todavía hoy resulta funcional y atractiva. Con 3,30 metros de longitud, el 600 disponía nominalmente de cuatro plazas, aunque sabe Dios cuántos adultos y niños llegaron a compactarse en su interior. Eso sí, con el motor en la parte trasera y un miserable receptáculo en la parte delantera, mayoritariamente ocupado por el depósito de gasolina, cualquier equipaje exigía la colocación de una baca en precario equilibrio sobre el techo.

Otro detalle curioso eran las puertas, que se abrían hacia adelante (por lo que fueron llamadas “suicidas”), aunque ya en las versiones 600 E y L (1970)  se modificó la orientación de su apertura, en aras de la seguridad, la comodidad y la moral pública, ya que la apertura inversa de las puertas resultaba un auténtico reto para muchas mujeres en pleno apogeo de las faldas de tubo.

Con el Seat 600 muchas familias encontraron una forma de romper limitaciones y abrir fronteras; el turismo interior nació con el 600, los pueblos se acercaron a las ciudades y la tortilla de fin de semana en los merenderos de la sierra fue solo uno de los logros de este pequeño cascarón metálico que tantas ilusiones llegó a albergar y tantos recuerdos mantiene vivos aún hoy.

Hijos y nietos de antiguos propietarios llevan décadas oyendo contar anécdotas de los aventurados viajes familiares con el 600, en los que se mezclaba la precariedad de la red viaria, las limitadas prestaciones de los coches y un confort y fiabilidad mecánica muy distintos de los vehículos actuales. Seguros y confortables, sí, pero sin aquella magia.

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