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Cohousing: ¿por qué no vivimos todos juntos?

La idea nació en Dinamarca, en los años sesenta del pasado siglo, y se extendió a Estados Unidos y Canadá. En esencia consiste en formar un grupo de personas que, cuando las exigencias laborales han desaparecido y aún no se es demasiado mayor para afrontar una nueva forma de vida, deciden empezar a vivir todos juntos, uniendo recursos y soledades. La llamada vivienda colaborativa (cohousing en inglés) admite multitud de variantes, pero son básicamente cooperativas de usuarios que se unen para idear, construir y convivir en un mismo complejo residencial, que combina espacios privados con zonas comunes. Hoy por hoy representa una de las alternativas más eficientes para las personas mayores. Y está llegando a España.

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COHOUSING: MAYORES EN COMUNA

Frente a las instituciones geriátricas o los pisos tutelados, las viviendas colaborativas o “coviviendas” constituyen una alternativa que busca combinar el mayoritario deseo de envejecer en la propia vivienda con las ventajas de una comunidad solidaria de ayuda y servicios. El cohousing no es solamente otro modo de acceder a la vivienda, sino que normalmente implica un cambio radical en la forma de vida. Sus promotores pretenden un modelo de vida, sostenible y autogestionado que permita una vejez más activa. La fórmula cooperativista permite una vivienda y una forma de vida más económica, sostenible, eficiente y solidaria.

En la actualidad, la mayor parte de las personas que han cruzado la línea de la jubilación y han pasado a la categoría de sujetos pasivos, también llamados Tercera Edad, desearían permanecer en sus casas durante toda su vejez. Pero sabemos que en muchos casos no será posible; bien por cuestiones económicas, problemas de salud o soledad, una buena parte se verá abocada a las instituciones geriátricas o los pisos tutelados. Esta alternativa, de todos conocida, tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pero no es la única. La vivienda colaborativa ofrece una nueva opción que permite vivir en la casa propia hasta el último momento, pero sin renunciar a la compañía y la atención necesaria, sustituyendo, eso sí, los cuidados de una empresa profesional (muchas veces aleatorios) por la solidaridad de amigos y vecinos.

Este sistema combina la independencia de la vivienda privada tradicional con algunos de los servicios que se ofrecen en una residencia geriátrica, pero con la gran diferencia de que tanto la gestión como el poder de decisión pertenecen a los usuarios. Son ellos quienes deciden el modelo residencial, en función de sus necesidades, sus deseos y sus posibilidades financieras. Al acceder a este sistema comunitario a una edad relativamente joven y por propia decisión, resulta mucho más fácil la adaptación a un nuevo modo de vida que permite asimismo una vida mucho más activa e independiente. Hay distintas formas de plantear la propiedad. La más común es la cooperativa con cesión de uso, en la que la cooperativa es la propietaria y las personas (los socios cooperativistas) tienen derecho de uso indefinido. Este derecho se transmite por herencia y se puede vender, aunque siempre a través de la cooperativa, lo que impide la especulación.

El diseño del edificio favorece la convivencia. Las viviendas, que serán habitadas por una persona o una pareja, suelen ser reducidas, cediendo el mayor espacio a las zonas comunes, en las que se desarrollan la mayor parte de las actividades. Lógicamente, también al contrario de lo que sucede en las instituciones geriátricas, el grado de convivencia y el tipo de actividades, lo decide la propia comunidad. Hay cohousing urbanos y rurales, en edificios nuevos o rehabilitados. Las casas pueden ser de tipo unifamiliar, adosado o en bloque y los espacios comunes estar agrupados o repartidos, pero siempre estarán adecuadas a las condiciones físicas y las necesidades de sus usuarios.

Medio siglo después de su desarrollo en el norte de Europa, las cooperativas de viviendas para mayores están empezando a dar señales de vidas en nuestro país. Actualmente hay numerosos proyectos en marcha, en diverso grado de realización, pero hay que decir que no existe una actitud receptiva hacia este modelo por parte de las Administraciones públicas ni otros agentes sociales. Los pocos proyectos que funcionan lo han logrado por su propio esfuerzo y, en ocasiones, luchando contra la incomprensión y la inercia. Entre los proyectos existentes hay que destacar Trabensol (Torremocha del Jarama, Madrid), La Muralleta (El Vendrell, Tarragona), Residencial Santa Clara y Residencial Puerto de la Luz (Málaga), Profuturo (Valladolid), Convivir (Cuenca), Fuente de la Peña (Jaén), Centro de Convivencia Cooperativo (Tres Cantos, Madrid), Brisa del Cantábrico (San Miguel de Meruelo, Cantabria) y Sol Dorado (Zalea, Málaga).

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