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Agitado, no revuelto

Se hizo famoso encarnando al espía James Bond, pero también protagonizó un puñado de películas memorables

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Sean Connery, una de las últimas grandes estrellas del cine, dotado de una voz y una presencia magnéticas, que le permitían acaparar la atención de los espectadores en cuanto aparecía en la pantalla, falleció a los 90 años mientras dormía apaciblemente en su casa de las Bahamas. Fue envidiable en su vida (el hombre más sexy del mundo, ¡y con licencia para matar!) y también envidiable en su muerte.

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Agitado, no revuelto

Los productores de Agente 007 contra el doctor No (1962) querían a Cary Grant para el papel, pero al final, por razones de presupuesto, se conformaron con el casi desconocido Connery (apenas había participado en media docena de películas menores) y se produjo el milagro. Como otros grandes del cine (Brando, John Wayne, Burt Lancanster, etc.) Connery era pura presencia física, una sensualidad peligrosa que seducía por igual a mujeres y hombres (incluso heteros), unida a una elegante ironía, quintaesencia de lo british y absolutamente sorprendente en un escocés de pura cepa y de naturaleza algo ruda por sus modestos orígenes.

Le bastaron siete películas del agente 007 (la saga nunca ha sido la misma desde que él la dejó, incluso a pesar del actual Bond, Daniel Craig) para convertirse en un mito, capaz incluso de reírse de su personaje en Nunca digas nunca jamás (1983) en la que, doce años después de dejar la franquicia en manos del blando Roger Moore, volvía a calzarse el peluquín tras haber lucido su calvicie en otras películas. Después de Bond, casi todo el mundo ha hecho en algún momento la broma de pedir el martini “agitado, no revuelto” (shaken, not stirred) y si el mortífero agente británico sigue todavía vigente (la última entrega ha aplazado su estreno a causa de la COVID19) ha sido en buena medida gracias al impacto fundacional de Connery, que elevó el personaje a la categoría de mito universal.

Para sorpresa de quienes pensaban que era solamente un físico afortunado (fue finalista en un  concurso de Mr. Universo) y un intérprete de un único personaje, Connery abandonó la franquicia Bond en 1971 (aunque regresó para una última entrega en 1983) y en los años siguientes protagonizó alguno de los filmes más interesantes de aquellos años, convirtiéndose en uno de los actores más prestigiosos del momento y en una presencia que mejoraba cualquier película en la que apareciera. Ya antes, alternando con los títulos de 007, había rodado otros filmes, entre ellos Marnie, la ladrona (1964), a los órdenes del gran Alfred Hitchcock. Después tuvo la oportunidad (o el acierto) de protagonizar varias películas memorables, como la magistral El hombre que pudo reinar (1975), aventuras y nostalgia de la mano de John Huston, o la mágica Robin y Marian (1976), en la que la peripecia aventurera enmarcaba una bellísima (y triste) historia de amor entre un otoñal Connery, al inicio del declive, y la luminosa (y fatal) Audrey Hepburn, que volvió a la pantalla solo para rodar este film de Richard Lester.

Como sucede con los buenos vinos, Connery mejoró con los años hasta alcanzar ese estado de gracia de algunos grandes de la pantalla que les permite ennoblecer cualquier película en la que aparezcan, por anodina que sea. Así lo entendió la productora Warner Bros. cuando le hizo surgir en los minutos finales del Robin Hood que rodó con Kevin Costner, para deleite de los espectadores, que no se lo esperaban ya que su nombre no figuraba en los créditos del film. Los años no le impidieron alternar los papeles de convincente galán, como en La casa Rusia (1990), donde hizo pareja con Michelle Pfeiffer, o en La trampa (1999), rodada ya con setenta años y en la que seducía a la bella Catherine Zeta-Jones, con los más adecuados a su edad real, como en Indiana Jones y la última Cruzada (1989) rodada una década antes y en la que oficiaba de padre de Harrison Ford.

Ya en su inacabable madurez, se especializó en robarle la película a los presuntos protagonistas de diversos filmes, como en La caza del Octubre Rojo (1990), donde se comía a Alec Baldwin, Sol naciente (1993), Los inmortales (1986), La Roca (1996) o El primer caballero (1995), en las que hacía lo propio con Wesley Snipes, Christopher Lambert, Nicholas Cage y Richard Gere. Como tantos otros grandes del cine, solo logró un Oscar en su larga carrera, en 1988 y al mejor actor de reparto por Los intocables, pero tampoco le hicieron falta más trofeos.

Aunque menos conocida que su faceta de actor, Sean Connery fue también abuelo, lo cual es motivo suficiente para traerlo a este rincón de la web. Su único hijo, Jason Connery, también actor aunque de trayectoria más modesta, fue padre a su vez de Dashiell Connery (bonito nombre) un joven de 23 años que apenas empieza ahora a seguir las huellas de su abuelo en el difícil camino hacia el estrellato. En las Bahamas, donde disfrutaba de una merecida jubilación, James Bond ha iniciado su última misión (agitada, no revuelta).

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