Inicio Ejercicio Recoger setas...

Recoger setas, el deporte de la temporada

Andar, subir, bajar, agacharse y disfrutar

Compartir
recoger setas

Todo el año se pueden buscar, dependiendo del tipo de vegetación, la altura y las lluvias, pero sea cuando sea y dónde sea, no hay nada como el noble deporte de la caza y captura del deseable manjar que son las setas y los hongos.

Recoger setas, el deporte de la temporada

Aunque las hay todo el año, en menor cantidad y dependiendo de las zonas, cuando llega el otoño, si las lluvias del final del verano y principios del otoño han sido las adecuadas, nuestros bosques se llenan de setas y hongos y su recolección puede resultar un plan diferente que nos movilice y nos saque del sofá. Un ejercicio sano y recomendable que además nos puede reportar unos suculentos resultados con el fruto de nuestra recolección.

recoger setas

Cada año es mayor el número de personas que al llegar el otoño se aventuran por nuestros campos y bosques en esa búsqueda, llena de incertidumbre y a menudo infructuosa, donde la paciencia y la constancia son un valor y en la que si no se obtiene la deseada gratificación de una cesta llena, siempre nos beneficiamos del ejercicio, el aire libre y el contacto con la naturaleza. Aprender a recoger alguna de las especies más frecuentes es relativamente sencillo. Existen guías, talleres y, desde luego, aficionados con los que salir las primeras veces y aprender a distinguir los distintos tipos.

Una sesión de recolección supone a menudo organizarse, planificarse, establecer contactos y sociabilizar para buscar compañía, realizar un desplazamiento hasta la zona adecuada y dedicar de media unas tres horas a buscar el deseado manjar. Dicen que las setas se cogen con la vista más que con la mano, pero la realidad es que hay que andar, un poco sin rumbo fijo, acarrear la cesta, subir y bajar y de vez en cuando hacer sentadillas para comprobar que ese bulto entre las acículas es, o no, lo que buscamos y para cortar cuando sí lo es, una seta de cardo, un níscalo o un perrechico.

Dicen los muy aficionados que, como el fin de semana son muchos los recolectores y hay que dejarlas volver a crecer, son los miércoles y jueves los mejores días, pero sea así o sea en fin de semana es evidente que salir un par de veces a la semana durante la temporada contribuye a quemar calorías y puede ayudar a perder peso y movilizar el cuerpo, a veces oxidado con demasiada televisión. Las necesidades para este deporte son muy básicas y se corresponden todas con beneficios para el practicante. Lo primero es decidir dónde ir, para lo cual lo mejor es bucear en internet y preguntar en los pueblos, aunque el recolector es a menudo celoso de los lugares donde encuentra y a veces no es fácil que lo comparta. El equipo básico se compone de calzado cómodo (mejor que sujete el tobillo para evitar torceduras), ropa de abrigo y lluvia, ya que en otoño el tiempo es muy variable, cesta de mimbre o cualquier otro material vegetal, navaja y, opcionalmente, bastón de apoyo.

Una precaución importante cuando se va en coche, y si tenemos cobertura, es marcar en el móvil el lugar donde lo aparcamos. Buscar setas es una actividad donde es fácil desorientarse, porque se mira mucho al suelo y se anda en círculos; por ello, en los últimos tiempos, tanto se incrementa el número de recolectores como el de los avisos de búsqueda de recolectores perdidos.

Por último, hay que decir que parece consensuado que pasear por los bosques relaja, tranquiliza y ordena los pensamientos. Una especie de mindfulness que no podemos olvidar. Será el canto de los pájaros o el viento en las hojas, pero entre unas cosas y otras recoger setas es un buen plan, un plan diferente, con muchas ventajas y sobre todo que mejora el ánimo y el cuerpo de los recolectores.

Añadir una recomendación obligatoria y básica: sólo se deben recolectar las setas que se conozcan y, desde luego, nunca comer ninguna de la que no se esté seguro al 100% de que es comestible.

 

Reseña Panorama
Prioridad
25 %
Compartir
Artículo anteriorEl desafío de controlar el dolor crónico
Artículo siguienteNunca es tarde para vivir